Asociación Interamericana de Periodistas de Economía y Finanzas
Nuevo Adviento (Diciembre 2007)

por Notrix-InfoSistemas / José Alberto Villasana en 3/12/2010 13:19 hrs
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Los acontecimientos divinos que tuvieron lugar en el primer adviento de la Historia de la Salvación fueron obra del Espíritu Santo. Dios se abajó a la humanidad como un padre hacia su niño pequeño, y lo fue conduciendo a través de paciente manera hasta que llegó a la madurez para enviar finalmente a su propio Hijo.
Por voz de los profetas, el Espíritu Santo prometió de diversas formas la llegada del Mesías. Cuando al hombre comenzaba ya a azotarle la duda y la desesperación, Isaías anunció el nacimiento de un niño extraordinario, descendiente de la tribu de David, lleno del poder del Espíritu Santo, caudillo que lograría restaurar y dar supremacía al pueblo elegido y así traer la salvación a todos. Miqueas señaló exactamente el lugar donde nacería ese Mesías: en una pequeña aldea llamada Belén de Efrata.



De alguna manera, nos encontramos en un nuevo adviento, ya que no solo diversos profetas del Antiguo Testamento, sin también apóstoles, evangelistas y místicos del Nuevo, nos dan a conocer el Retorno de Cristo. Ellos nos dicen que volverá para regir las naciones con justicia, y los pueblos con rectitud, para imperar sobre la humanidad entera con centro real, para instaurar un Reino que, como dice San Juan, durará “mil años”, pudiendo ser realmente mil años físicos, o bien significando un período de tiempo largo.



También ahora, es el Espíritu Santo el que opera con gemidos inenarrables para preparar a la humanidad a esa segunda venida. A través de la gracia y de acontecimientos concretos que sucederán durante la Gran Tribulación y previamente a ella, Dios disponer las almas de los fieles y de todos los hombres de buena voluntad a tan gran acontecimiento.



Se puede decir, sin lugar a dudas, que hoy participamos de la misma esperanza que nutría los corazones de los profetas y de quienes escuchaban sus promesas. Según se acercaban los tiempos, más se presentía la llegada del Mesías, hasta que finalmente el Espíritu Santo cubrió con la sombra de su poder a una doncella de Nazareth, la cual engendró en nuestra misma carne al Hijo de Dios. Ese es el momento más sublime y excelso en la historia del cosmos.



Los cristianos actuales, estamos ungidos por el mismo Espíritu, y participamos de la expectativa por el cual la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies, hará que demos a luz por segunda vez al fruto de sus entrañas.



Esa Parusía (manifestación) está cada vez más cerca. Si bien no es posible a nadie señalar el día ni la hora, los signos de los tiempos hablan clamorosamente de esa inminencia, y de alguna manera el Espíritu susurra en nuestro interior la proclamación conclusiva del libro del Apocalipsis: “Ven Señor Jesús”.



Por lo mismo, este nuevo y general adviento, y cada adviento litúrgico que celebramos anualmente, constituyen una plegaría profética que suplica ardientemente “No tardes”, hasta que finalmente la humanidad concluya su nueva madurez y las nubes vuelvan a destilar al Redentor.



Ahora, como antes, la acción del Espíritu Santo es la misma: nos enseña a orar con gemidos inenarrables como oraban los profetas y los primeros discípulos. No nos damos cuenta del privilegio que tenemos de vivir en esta época oscura y angustiosa, porque no caemos en la cuenta de que el Redentor toca ya a la puerta, y de que nos espera con los brazos abiertos al final de este túnel.



El Espíritu Santo es el maestro de oración que viene en ayuda de nuestras debilidades, que nos enseña a estar a la expectativa en contemplativo silencio como lo estaba María. Se trata de enderezar los caminos de nuestra torcida vida como lo predicaba Juan el Bautista, se trata de prepararnos para recibir a quien por segunda vez vendrá a bautizar en agua y en fuego.



Si a pesar de la corrupción, la injusticia, la violencia y la perversión que a diario con contristan, podemos conservar algo de optimismo, es porque el Espíritu inyecta en nuestras almas una fuerte dosis de esperanza. Si a pesar de que el mundo actual y algunas actitudes nuestras nos desconciertan, el Espíritu nos alienta y nos conduce a la conversión y a la felicidad de quien se sabe amado y protegido a pesar de todo.



Estamos en un momento providencial y tenemos que abrir los corazones a la oración y a la caricia del Espíritu Santo, si es que queremos construir un mejor futuro personal y colectivo. En medio de la confusión y el avance del mal, son cada vez más los que se convencen de que no se puede vivir sin Jesús, llegando incluso a estar dispuestos a morir por Él.



Lejos de la aflicción y la desesperanza, el Espíritu nos impulsa, en este nuevo adviento, y en los advientos que vivimos antes de la Navidad, a convencernos de que el bien y la santidad brotan por doquier y de que Él nos está condiciendo con certeza y paz en esta espera ardiente del Mesías.
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